Fútbol B, mi libro.

En mi primer libro doy mi punto de vista acerca de 28 asuntos relacionados con el mundo del fútbol desde un lugar más íntimo del que nos tienen acostumbrados los medios de comunicación y los profesionales. Cada semana compartiré un capítulo que desaparecerá a los siete días para ser sustituido por el siguiente. Mi libro está disponible en Amazon.

 

5.Cuando niño, cuando hombre    (disponible hasta el viernes 23 de junio)     

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    No sé si alguna vez ha sido noticia ver las plazas sin niños jugando a fútbol. No recuerdo el momento en el que nos obsesionamos con prohibir jugar a pelota. A medida que se vetaba jugar a pelota se ponían más bancos en las plazas para que los abuelos observen pasar sus días tranquilamente. Los que crecieron montando un campo de fútbol en cualquier callejón, con dos mochilas para hacer las porterías, han construido una ciudad en la que los niños casi no pueden salir a jugar solos no vaya a ser que un coche les dé un susto. Los mismos padres que critican a sus hijos por el exceso uso del móvil, son los mismos que les dan un “IPhone viejo” a los 10 años para tenerlos localizados en cada instante. ¿Qué necesidad tiene un padre de saber dónde está su hijo en cada instante? Los nacidos antes del 94 nos hemos manejado muy bien sin ese control. Estamos criando a nuestros hijos sin confiar en ellos como lo hicieron en nosotros.

El ser humano cuando se hace adulto olvida que antes fue niño. Me parece incoherente y antinatural que esté normalizado hablar desde la distancia cuando nos referimos a los niños. Se habla de ellos como si de un perro se tratase. Se habla desde una distancia que acaba complicando el entendimiento del comportamiento y actitudes del niño. Vemos en los medios de comunicación que dicen cosas como: “Los niños dejan de aprender a los 3 años”. Es como decir “los perros dejan de aprender a los 3 años”. Lo correcto debiera ser: “Los humanos dejamos de aprender a los 3 años”. No hace falta leer ‘El Principito’ para saber que todos hemos sido niños alguna vez, sin excepción. Pero conviene recordarlo a menudo para reforzar la empatía hacia los más pequeños. Los niños nos hemos peleado con algunos alimentos desde siempre, hemos desobedecido porque la niñez es pasar el tiempo obedeciendo, entre otras cosas. Vamos al cole que dicen nuestros padres, comemos lo que cocina nuestra madre, nos ponemos la ropa que nos dicen nuestros padres, etc. Para que luego vengan algunos padres y digan que “este niño no me hace caso”. Lo que no podemos esperar es que los niños se comporten como si fueran muebles. Hay comportamientos y actitudes que son características de la edad. Luchar contra eso es luchar contra la naturaleza. La función del adulto es poner límites al niño para que no caiga en ningún precipicio, pero sin desesperarse, la infancia dura unos años. Hablar de los niños sin tener en cuenta que ellos somos nosotros mismos unos años antes es falta de empatía. Les hemos cortado las alas. Me irritan esos padres que presumen de tener hijos tan obedientes que parecen estatuas. Yo me preocuparía.

En el mundo del fútbol podemos ver en los torneos televisados como niños interpretan el papel de adultos. A la gente le hacen gracia sus andares, sus movimientos dentro del campo, la postura corporal, las caras de concentración, cómo hablan ante micrófonos más grandes que sus cabezas.  Ahora lo principal es ganar, ganar y ganar. Los niños se van amoldando al papel de niños futbolistas de manera paulatina. Poco a poco van aprendiendo a encontrar qué personaje necesitan dentro y fuera del campo. No es el mismo niño cuando juega  un partido que cuando está en el colegio o en casa. Si está en un equipo de nivel, adquieren una disciplina más propia del ejército que de la escuela. Cuando entran en cadetes se les empieza a exigir y tratar como hombres. Eso es bueno, pero la infancia y la adolescencia son tragadas por el sueño de ser futbolista. Mientras que el entrenador los trata como hombres, el profesor les trata como niños. Evidentemente se sienten más  importantes si les tratan como hombres. Lo que nadie les dice con la rotundidad necesaria es que todavía son niños. La niñez al final solo son recuerdos. Es la etapa más corta de nuestras vidas. La inocencia es solo una hoja en blanco. Luego la vida nos obliga a ser recelosos, cautos, desconfiados, envidiosos. Para eso no hace falta mucho trabajo. En cambio, para contrarrestar esas cualidades deberemos trabajar la empatía, la asertividad, la amabilidad, la generosidad, la resiliencia… Un equipo de fútbol es buen lugar para poder desarrollar estos valores.

La adolescencia del jugador es una batalla de batallas porque se está rompiendo el hombro con otros compañeros por conseguir un puesto. Es la ley del más fuerte, todos no pueden llegar. El carácter del jugador se torna hacia géminis. Por un lado, se impregna del espíritu colectivo, por otro los objetivos individuales generan un conflicto de intereses. Competir contra tus propios compañeros es lo contrario a la infancia. Se promueve la competencia desde el club para sacar lo mejor de cada jugador. Los que no aguantan el ritmo se van quedando por el camino. Y con esto no digo que aguanten los más fuertes, sino aquellos que se van amoldando a las diversas situaciones que se viven en un equipo de fútbol. En un equipo juvenil de nivel ya se entra hombre, o se hace en poco tiempo, si no se quiere ser devorado por la competitividad extrema que requiere la incierta carrera hacia la primera división.

Todo esto y más en papel o digital.

 

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