Con 19 años despedí a mi profesora de inglés en Southampton

Con la nueva profesora sufría aprendiendo inglés. No porque ella fuese mala, sino porque parecía una maestra de película. Llevaba en el equipo (Southampton FC) desde agosto y aún no había debutado… ¡Ni me había sentado en el banquillo! En mi cabeza solo había una cosa: jugar. Las clases de inglés me molestaban, no me dejaban concentrarme en el montón de preguntas que me hacía mientras jugaba al GTA, “¿Por qué me han traído si no me hacen jugar?” “¿Qué debo de hacer?” “Quizás debería marcharme de aquí”… eran algunas de las preguntas que pasaban por mi cabeza cuando estaba distraído y bajaba la guardia.

Estábamos a las puertas de noviembre, apenas llevaba tres semanas con la profesora de inglés nueva y ya había hecho pellas. Si, pellas en mi propia casa. Le expliqué como pude a la profesora que no tenía problemas para comunicarme al hacer la compra, ni al poner gasolina, ni al alquilar una peli en el videoclub; mi problema era de comunicación dentro del terreno de juego. Cuando no dominas un idioma es muy complicado expresar los sentimientos. Explicarle mi nivel de frustración era casi imposible. Ella se empeñaba en que había que aprender a hablar inglés como dios manda, pero yo tenía prisa, estaba allí para jugar a fútbol. Puede que mi juventud le pareciera igual que la de cualquier chico de 19 años, para ella el fútbol era secundario, mientras que para mí era la única razón por la que estaba en Southampton.

No hubo manera de que me entendiera. Llegó el lunes -día de clase- y la espere con las luces apagadas agachado en la ventana de la cocina. Sabía que poco antes de las tres de la tarde iba a escuchar el motor del coche de su marido. Yo estaba muy bien a nivel futbolístico pero a nivel emocional hacía esfuerzos enormes para no hundirme. Las clases con esa profesora no contribuían a mi bienestar. Mi inglés había mejorado gracias a salir a tomar algo con algún compañero; para andar por la ciudad no necesitaba aprender los phrasals verbs ni hostias en vinagre. Esa mujer no lo entendía, así que cuando llamó a la puerta no le abrí. Me quedé allí sentado en el suelo sabiendo que no se lo merecía, pero yo tampoco me merecía quedarme todo el partido calentando el día que jugamos contra el equipo reserva del Chelsea en nuestro estadio. Picó varias veces hasta que se dio cuenta de que ese día no había clase. Montó en el coche y se fue con su marido.

Me sentí fatal el resto del día y el siguiente, pero no estaba arrepentido. El miércoles volvimos a tener clase y la esperé con una tetera bien caliente para compensarle la perdida de tiempo que le ocasioné. Venía desde Winchester. Entró como si no pasara nada, antes de excusarme ya me había perdonado. Debió pensar que eran cosas de niñato engreído, futbolista.

Justo cuando acabamos la lección le dije con un inglés aceptable que “las clases me parecen muy buenas, pero lo que yo necesito es hablar y entender a mis compañeros en el campo (lo que dijeran en el vestuario me la traía floja)” . Le propuse un trato: “Usted no venga, pero no le decimos nada al club y así usted sigue cobrando”. Evidentemente que no acepto -recordemos que era inglesa, no española-. Muy amablemente agradeció el gesto y entendió que no se le puede enseñar a alguien que ha decidido que no puede aprender. Le pedí quedarme con los libros, por supuesto que aceptó, los había pagado el club. Nos despedimos y creo que me quedo peor sabor de boca a mí porque en el fondo sabía que me convenía esa profesora.

Inmediatamente compré libros en una de las librerías más populares de UK y con el diccionario en mano me dediqué a leer. El primer libro que compré fue Harry Potter, pero no leí ni una sola página entera; la letra me parecía demasiado pequeña y la trama nunca me ha interesado (ni en película). Al día siguiente probé con otro libro , una delicia. Ese libro se convirtió en mi mejor amigo. El argumento me conmovió desde el primer párrafo. Pero lo que más me atrapó fue sentir que avanzaba en la lectura con una fluidez que ni tan siquiera soñaba dos meses antes, y todo gracias a las dos profesoras que tuve y a mi tenacidad para aprender por mi cuenta. Con lo que no contaba yo era con la opinión que pudo tener el club al rescindir de la profesora. Dieciséis años más tarde me doy cuenta de que esa pudo ser una de las claves de mi ostracismo en el club. Puede que me tomaran como un chico rebelde o algo así, porque a nadie le dije que seguía estudiando inglés a pesar de que claramente se podía apreciar la mejora de mi fluidez al hablar.

Ahora me encuentro con que un amigo ha sacado un libro SPEAK FOOTBALL para aprender el inglés con el fútbol. A mí me llega tarde, pero quizá a otros les vaya bien. Si “La señora Doubfire” me hubiera traído este libro quizás hubiera estado en la Premier League unos años.

Estas historias no están en mi libro, pero  Fútbol B nació de ellas.

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