La traición de mi “padre” en Southampton

(No recuerdo si he contado esta historia, pero por si acaso lo voy a hacer otra vez)

jay mantri 1

Foto libre de derechos del maravilloso portal de Jay Mandri

En enero de 2004 estaba viendo la luz después de casi 10 meses desde que me rompieron la rodilla. Llegar hasta ese punto me había costado sangre, sudor y soledad autoimpuesta para evitar distracciones (amorosas). Apenas habían pasado dos semanas de la Navidad. El año nuevo parecía traerme lo que se me había estado negando desde noviembre de 2001, cuando echaron al manager Stuart Gray: confianza. No es que el tipo me tuviera excesiva confianza, pero me dejaba entrenar como uno más y eso para mí era suficiente. Me conformaba con partir de la misma línea de meta que el resto de compañeros, aunque yo portara una mochila cargada de “aquí no eres nadie, eres un chaval, debes ganarte el puesto. Welcome to England”.

Había pasado tanto tiempo entrenando en solitario que llegué a convertirme en un adicto al trabajo en equipo

Desde el primer día en Inglaterra todos me habían visto trabajar durísimo por adaptarme al fútbol inglés, llegando a hacer horas extras con los juveniles cuando me estaba recuperando de la rodilla. Había pasado tanto tiempo entrenando en solitario que llegué a convertirme en un adicto al trabajo en equipo. Pasaba demasiado tiempo solo en casa como para no aprovechar el trabajo en grupo; me da igual si era el primer equipo, el reserva o los juveniles, creo que si hubiera hecho falta hubiese entrenado con un grupo de mariachis. La cuestión era formar parte de algo en un país que ya había adoptado a pesar de que él no me había adoptado a mí.

Empezaba a no necesitar la automotivación para volver a sonreír en el training ground.

Ese inicio de año era más luminoso, el aire era más fresco… los ingleses no eran tan feos. Los entrenadores de todas las categorías me saludaban con más énfasis de lo habitual; sentía que empezaban a valorar mi esfuerzo, mientras yo quería agradecer la paciencia que habían tenido durante mi recuperación; me animaban, me felicitaban por cada acción. Empezaba a no necesitar la automotivación para volver a sonreír en el training ground. Una tarde, después de la comida, Steve Wiggley, entrenador de los reservas, me llamó con su sonrisa de vendedor de seguros para hablar. Que en enero brillara ese sol entre semana era la iluminación ideal para una buena noticia. Ya me tocaba. Nos sentamos en el banquillo y comenzó un cuestionario disfrazado de conversación. “Lo estás haciendo bien” “estamos contentos contigo” “¿Cómo te encuentras?” etc. De repente me pasó el brazo por encima y me dijo: “Jazzy, hemos pensado que lo mejor para ti -pensé que me iban a devolver el dorsal- es que busques equipo”. Le miré con cara de cemento y de sordo a la vez, no sabía si había entendido bien. “Creemos que ya estás muy bien para volver a España”. Viendo mi cara añadió enseguida: “te pagaremos un mes extra”. El amigo se creía listo, ese mes extra equivalía a los meses de alquiler de mi piso. Ellos en realidad no perdían nada. No lo pensé ni un segundo: “No me puedo ir a ningún sitio después de casi un  año sin jugar”. Sus cínicos argumentos no impidieron que me levantase con educación y me fuese a la ducha. Me sentí traicionado por el único entrenador al que había considerado un padre desde el primer día, pero en realidad él nunca fue mi padre, fui yo quien busco protección paterna en una de las figuras con las que interactuaba cada día. Aún así esta traición sigue sin perdón, y la verdad es que no quiero perdonar a alguien que no respetó la posible fragilidad de un joven de 19 años.

 

Esta historia no está en mi libro Fútbol B, pero gracias a estas anécdotas he podido convertirme en escritor. Disponible en Amazon.

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