Fundación Logroñés: Trabaja 6 meses, cobra 1, vete y calla.

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Photo by Charles Deluvio on Unsplash

En mi enésimo intento por seguir siendo jugador de fútbol profesional asalariado, me enrolé en las filas de un club creado de la nada: La Fundación Logroñés. Dos mil euros al mes fueron suficiente reclamo para unirme a la causa, que era convertirse en el club importante de la ciudad pasando por encima del Logroñés de toda la vida. Al menos eso me dijeron. En realidad hubiese aceptado porque no tenía mejores opciones -alguien me llamo de Teruel, pero aún sigo esperando-.

La cosa empezó bien, podemos decir que fue el efecto gaseosa: espitoso al principio, disipado después. Los primeros días fueron de atención y amabilidad, lo típico que ocurre en todos los sitios cuando eres nuevo (en todos los sitios menos en las comunidades de vecinos, que te tienes que ganar la confianza). Como también es habitual en categorías como la tercera división, la primera mensualidad se cobra en septiembre. Para ganarse la confianza me la avanzaron a principios en lugar de esperar al final de mes. A pesar de mi experiencia, encandilado por la ciudad de Logroño, creí que en la Fundación Logroñés todo iba a ser diferente… ¡Pues no! Ya no volvimos a ver una nómina entera hasta que me marché en diciembre por Navidad. Volví como el almendro desplumado.

Antes del último día ocurrieron muchas cosas, pero me voy a centrar en la no negociación que me llevó  a conseguir la carta de libertad más penosa del mundo. Después de varias semanas de incertidumbre y rumores acerca de la situación económica del club y de su posible desaparición, empezaron a citarnos unos a uno para tratar nuestras situaciones.

En una oficina -que no sé si tenía que ver con el club- el secretario técnico, especialista en no contestar el teléfono, me recibió junto a alguien más del club que no recuerdo. La decisión la tenían tomada: si te quedas no vas a cobrar porque no hay dinero; si firmas aquí (mostrando un documento en el que decía que perdonaba la deuda), te damos la libertad. Me lo esperaba, pero aún así mendigué cobrar aunque sea una mensualidad. Evidentemente me dijeron que era imposible, solo le faltó levantarse y mostrarme sus bolsillos vacíos, hubiese sido la imagen gráfica del club de no ser que, a día de hoy, el dinero físico es un ínfima parte en comparación con el virtual.

Me podía haber puesto chulo y coger del cuello al secretario técnico; estaba en mi derecho, había vivido en una ciudad maravillosa como Logroño sin dinero para disfrutarla; por unos segundos se me ocurrió quitarle la grapadora que tenía en el escritorio y amenazarle con romperla si se oponía; quería dar una patada a la puerta, por romper algo y desahogarme. Pero ya estaba cansado, llevaba meses viviendo en la incertidumbre, no había nada que rascar. Me rindo. Cogí mi orgullo y empecé a preparar las cosas para irme a casa (Barcelona). Les di la mano y dije: “Gracias”.

De todas estas historias he aprendido muchas lecciones que he recogido en un libro:Futbol B disponible en Amazon.

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