Deportivo Alavés: leche frita y cine del bueno para no estar solo.

Año 2004. Ya tenía 22 años y unas ganas tremendas de demostrar que me quedaba fútbol en la sangre. En mi anterior club, Southampton FC, me fui por la puerta más pequeña que existía, la de la terminal 1 de Heathrow. Apenas me despedí de mis compañeros por vergüenza al no asentarme en el equipo. Ellos me apreciaban pero no como yo quería ser apreciado, quizás sentían lástima por ver como un joven se tenía que marchar tras tres años estériles.

El destino me llevó a Vitoria. Ya tenía la experiencia inglesa a la hora de crear un hogar. No bastaba con comprar un par de muebles pequeños para darle mi toque personal al piso alquilado por el club. En mis años en Southampton me di cuenta que, a pesar de ,mantener una rutina, no hacía vida de barrio porque vivía en un complejo de apartamentos aislados frente al mar. Pero no había ningún tipo de tienda más allá que algún pequeño supermercado de los que tienen de todo pero en realidad no tienen nada. Solo cosas que se te ocurrirían comprar a las diez de la noche (chocolatinas, leche, sándwiches, revistas, etc.).  Estaba en Vitoria y tenía la posibilidad de sentirme parte del barrio. Necesitaba sentirme de alguna parte, así que, en la medida de lo posible, hacía las compras en los pequeños negocios del barrio.

Tenía el tiempo por castigo, así que comprar en modo slow era una manera de ocuparlo. Como buen millenial, compraba los productos de manera individual pero sin empaquetar: “2 manzanas, 1 dorada limpia, 100 gramos de jamón dulce, 4 panecillos, 2 pechugas, 3 patatas”. Al vivir en la misma manzana de la carnicería iba entre dos y tres veces a la semana. Con la misma asiduidad iba al videoclub, la diferencia es que cogía más películas que chuletones.

El carnicero era un tipo muy cercano, me bastaron dos visitas para ser tratado como cliente habitual. Siempre iba a horas en las que había poca gente, lo cual le permitía explicarme anécdotas o asuntos relacionados con la carne. Yo escuchaba con atención porque me gusta ser tratado con cercanía. Una de las primeras veces coincidió que era jueves, y en el mostrador, junto a la carne había una masa de rectángulos dorados que llamaron la atención. Pregunté: “¿Eso qué es?”. “Leche frita” me contestó. Le pedí que me pusiese cuatro pero me dijo que estaban reservadas, “pero te puedo poner dos. Otra vez que quieras me las pides antes del jueves, que es el único día que traigo”. Y así hice. En menos de dos semanas había tenido más conversación con el carnicero que con cualquier tendero de mi barrio en Barcelona.

El videoclub -por aquel entonces aún se llevaban- no estaba mucho más lejos que la carnicería. Las películas se convirtieron en parte muy importante en mi día a día ya que no tenía internet contratado. Después de entrenar o antes, veía alguna película. Veía una media de 4 películas semanales. Cuántas más veía, más diversos eran los géneros. Ofuscado por mis ansias de ver buen cine, recurrí al propietario para ser recomendado. El tipo ya sabía cuales eran mis gustos a las pocas semanas, lo cual me facilitaba la elección de los DVD. Sabía que las películas comerciales del momento no iban conmigo. Antes de llevarme una cinta me explicaba el argumento, pero tenía claro que su criterio tenía mucho peso. Nunca supe su nombre, él sí el mío.

Me supo mal no despedirme ni de uno ni de otro. Supongo que al cabo del tiempo se preguntarían “qué fue de ese  negro tan simpático”. Esta es la huella que dejaron en mí estos dos maravillosos hombres de barrio.

Mi libro está disponible en Amazon (papel o digital), pero estas historias no están.

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