Ganaba tanto que me cortaba el pelo en casa

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Como todos los negros hasta eso de los 9 años me cortaban el pelo en casa, pero llegó un momento en el que mi madre no tenía tiempo, pero si algo de efectivo para enviarme a la peluquería. No podía ser cualquier peluquería, tenía que ser “Afro”. Es complicado que un negro vaya a una peluquería de blancos y le hagan el corte que tiene en mente. Al menos en los noventa eso era suicidarse. Recuerdo un par de experiencias que tuve en peluquerías de blancos. La primera vez fue en una barbería de mi barrio (Sants). Era sábado por la mañana, y no tenía tiempo de estar en la pelu del dominicano o del nigeriano esperando 2 horas porque allí se cuela todo el mundo cuando eres un niño. Tenía partido a las 16h y necesitaba cortarme el pelo para ir luego a la discoteca de la tarde. Pues entré en la barbería y el tipo, cuando le expliqué lo que quería, me preguntó : “No se va estropear la máquina?”. Ya me ves a mí con 14 años explicándole que “solo es pelo, no alambre”. No llevaba ni dos minutos sentado y ya me había arrepentido… Conclusión: me rapó al uno. Después del partido mi primo me miró la cabeza y me dijo que desde lejos se veía un trasquilón. Fue entonces cuando recordé que en un momento de la faena del peluquero puso una cara extraña; debió ser cuando me hizo el destrozo. Al día siguiente mi hermano me pasó la máquina y lo solucionó.

Ese mismo año, cansado de que se cuelen los negros en la peluquería, me metí en una “Perruquería unisex”. Lo primero que me dijo la chica es que me pusiera en el lavacabezas porque por lo visto los blancos lo hacen así. Como nunca había utilizado uno, puse las rodillas en el asiento y en lugar de poner la nuca hacia atrás puse la frente como cuando se vomita en el lavabo para que me echasen el agua por la nuca. Ahora ya sé que me tengo que sentar y echar la cabeza hacia atrás (la postura más incómoda de Europa). La chica debió reírse, aunque no lo vi. Solo le pedí que me rapase al uno. Viendo que controlaba la ´técnica le pregunté si sabía marcar el pelo, y dijo que sí. Aquí vino el desastre: me marco la nuca casi en la coronilla. Me preguntó si me gustaba y dije que sí para irme a casa lo antes posible a arreglármelo.

Después de esas dos traumáticas experiencias no he vuelto a ninguna peluquería de blancos más que a la de mi actual pareja, madre de mi hijo. Domina todos los registros. Ella es la que me corta y marca el pelo como quiero. Aun así, muchas veces me lo hago yo mismo porque necesito no depender de nadie para asuntos tan personales y privados como es el ritual de cortarme el pelo. Durante una época de mi vida era lo único que me quedaba de la adolescencia.

La costumbre de raparme yo mismo viene de mi etapa como jugador del Southampton. A pesar de haber un montón de peluquerías “afro” apenas visité un par de ellas en tres años. El motivo es que al llegar a la ciudad el club me escogió el piso, el banco, la banquera, la profesora de inglés, el taxista que me llevaba al aeropuerto (pero le pagaba yo). Si necesitaba un billete de avión me lo conseguían. Al final lo único que podía hacer sin supervisión del club era raparme el pelo, para todo lo demás estaba sobreprotegido.

Una vez que  dejas de pasar por el filtro del club se te ve con otros ojos, eres más libre, pero más vulnerable. Por que quieras o no, dependes del club. Por eso vemos a los futbolistas como niños; y no estamos equivocados: Se les trata como a bebés incapaces de hacer nada responsable por sí mismos.

 

En mi libro hay un capítulo que se titula “Cuando niños cuando hombres” que va muy al hilo de esta anécdota.

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