Hermano, tranquilo: nos han robado.

philipp-berndt-173197Año 2007. Me encontraba en mi antepenúltimo equipo antes de retirarme; por aquel entonces solo tenía 25 años pero ya me sentía demasiado mayor para intentar llegar triunfar en la élite. En el mercado invernal había abandonado el Gavà (tercera división) para coger el último tren,UDA Gramanet (segunda B) ,y desde ahí asentarme en la categoría de bronce del fútbol español. No estaba dispuesto a ser un tercerola. La decisión la tomé de la noche a la mañana después de recibir una oferta sospechosa. Después de unos años, intuyo que fue una jugada de mi entrenador y un representante para sacarme del equipo y ahorrarse mi sueldo.

Estaba jugando con regularidad pero no era una pieza clave en el equipo, lo cual me sentó como un aviso de prejubilación. Lo mismo ocurría con Oussama, mi hermano desde el primer día en el equipo: demasiada calidad para una categoría como la segunda B.

La semana en la que sucedió lo que voy a explicar nos enfrentábamos contra el Alicante. Un rival respetado y temido por su buen hacer.  Además me hacía ilusión ese partido porque había jugado en el rival, Hércules, una temporada con más pena que gloria y con el premio de una lesión de cruzados rotos.  Que quede claro que no iba con animo de revancha ni nada parecido, solo quería jugar.

Como en cada viaje, un día antes nos desplazamos al destino en autocar. Para mi sorpresa nos hospedamos en un hotel en Benidorm en lugar de en mi querida Alicante. Supongo que al ser temporada baja era más barato dormir en la ciudad de los jubilados de Europa. Sin turistas de chancletas y calcetines el lugar tenía buena pinta. Estábamos solos.

Como compañero de habitación tenía a mi estimado hermano marroquí Oussama, mi mejor amigo en la plantilla. Sin desmerecer su compañía me llevé conmigo el ordenador, un DVD portátil (aún no sé para qué) y algún libro; la consola la ponían los compañeros de al lado. La PlayStation quedó a un lado gracias a las mesas de ping pong que había en el jardín del hotel. Muchos jugadores -los que no estaban jugando al póquer- montaron torneos estilo Roland Garros en miniatura, parecían entretenidos vistos desde mi posición en un segundo plano voluntario. Todo eso ocurría justo después de comer. Para bajar la comida ocupamos el jardín a nuestro antojo. Aburrido decidí ir a descansar en la habitación viendo una película en portátil. Cuando abrí la habitación la encontré tan desordenada como cualquier habitación de un deportista. Aun así notaba algo fuera de sitio en la habitación -mi memoria fotográfica es pésima a pesar de ser fotogénico-, me senté en el sofá para ver alguna peli empezada en el ordenador, cuando de repente no encontré el portátil en su lugar. Miré en mi cama y tampoco estaba; en la mochila solo había ropa para cambiarme al llegar a Barcelona. Por algún motivo que desconozco, busqué mi reloj en el neceser, y no estaba. Las llaves del coche seguían en la mesita frente a la tele.

Eso ya empezaba a oler raro, no había duda: nos habían robado.

Con la sangre fría que me caracteriza en situaciones de pánico, salí de la habitación con paso firme y me dirigí hacía la mesa de ping pong en la que estaba jugando mi compañero de piso. Reía en cada punto como si hubiese ganado el US Open, se nota que estaba en un gran momento de juego. Sin aspavientos le dije: “Hermano, tranquilo: nos han robado”. “¿Es coña, no?”, me preguntó Oussama. Dejó la partida y  se dirigió trotando a la habitación. Comprobó de primera mano que nos habían limpiado los ordenadores y los relojes. Se acercó al balcón a ras de suelo, y asintió con la cabeza en silencio. Masculló unas palabras en árabe que, aunque hubiese gritado no habría entendido.

Lo bueno del robo es que al día siguiente jugamos ambos de inicio contra todo pronóstico -era la única manera de no perder dos jugadores de una tacada-. Ganamos el partido, y en el viaje de vuelta, para compensarnos, alguien lleno un par de garrafas de cerveza y hasta que no se acabaron, nadie se durmió. Supongo que no hace falta decir que Oussama y un servidor bebimos algún trago para celebrar nuestras actuaciones en un partido tan complicado después de recibir a los cacos.

Pocas semanas más tarde el seguro del hotel no compensó con 750 euros a cada uno. Nos fue de lujo porque nos debían algunas mensualidades. Oussama, con la pasta en el banco se quedó algo más tranquilo. A mí me dieron la vida: el ordenador me había costado 200 euros.

Al año siguiente nos fuimos a jugar a la Fundación Logroñés.

 

Esta historia no está en mi libro Futbol B.

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