Cómo perdí fans a los 19 en Southampton sin saberlo

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Agosto de 2001. No llevaba ni diez días en Southampton cuando el utilero del equipo, Woggy, me entregó un manojo de sobres sujetos con una goma de pollo. Wooggy era una institución en el club; cualquiera que sepa cómo funciona un vestuario puede creer que el utilero, además de tener el material en orden (balones, uniformes, espinilleras, toallas, etc), es el centro de las bromas de los jugadores. En este caso no era así. Si había cachondeo Woggy participaba como el que más. Era respetado tanto como las estrellas del equipo; en este caso la veteranía era algo más que un grado. Eran galones.

Como iba diciendo, Woggy me entregó el manojo de cartas. Pensé que sería otro taco de 200 fotos con mi cara para regalar a mis conocidos, porque fans no tenía. Eso creía yo. Mi sorpresa fue que en los sobres había cartas de aficionados pidiéndome con una educación extrema que les firmara el cartoncito que ellos mismos habían introducido en el sobre junto a un sello y otro sobre con su datos escritos para que solo tuviera que meterlo en un buzón cualquiera.

En muchas de las cartas me decían que llevaban siguiendo mi carrera desde hace tiempo y estaban muy ilusionados con mi llegada al club. Me halagaba a la vez que me sorprendía tanta atención en un desconocido en la liga inglesa como yo. Como no tenía nada mejor que hacer dedicaba muchas tardes a rellenar sobres con mis autógrafos e introducirlos en buzones. Era una manera de involucrarme en la ciudad.

Durante el primer mes cada semana cumplía con el ritual de esparcir mis autógrafos por el Reino Unido con el entusiasmo del nuevo en la oficina. Por contra, mi situación en el equipo no era la esperada. Estaba lejos de debutar en la Premier League a pesar de sentirme en muy buenas condiciones. La frustración me visitaba cada día después de entrenar. Para evadirme me sumergía en el mundo del Grand Theft Auto durante horas.

A medida que avanzaba la temporada el flujo de cartas iba disminuyendo. El efecto novedad se había desvanecido de manera natural. Aun así seguía recibiendo cartas escritas con muy buena intención. Recuerdo una carta en especial de un español que tan solo me pedía una bufanda del equipo y una firma. Estuve a punto de cumplir con su “sueño” en numerosas ocasiones. Me hacía ilusión colaborar con su colección a pesar de  no ser yo coleccionista de nada. Pero la situación deportiva me llevó a centrarme en exclusiva en mi rendimiento dentro del terreno de juego. Había dejado Barcelona y el Espanyol para hacer algo grande, y en ese momento no creía que un autógrafo mío tuviese el valor que las cartas recibidas anunciaban.

Cuando no juegas crees que no eres importante para los aficionados. Pero me equivocaba: ellos eran coleccionistas, y una simple firma les hacía ilusión. A todo el mundo le gusta recibir respuesta aunque sea para escuchar un “no te contratamos”.

Durante el año tiré muchas cartas a la basura sin tener en cuenta la ilusión que habían puesto los remitentes. No podía creer que quisieran una firma de un chico de 19 años que no había debutado en primera división. Supongo que no quería estafarles. De haber estado jugando no hubiera tenido inconveniente en responder una a una todas las cartas aunque eso me hubiese supuesto jugar dos horas menos al Grand Theft Auto.

Con el tiempo me he dado cuenta de que cada carta que estaba tiraba era una manera de castigarme por no estar donde creía que debería estar. Estoy seguro que de haber existido Facebook o Twitter me hubiese sido más fácil mantener a los fans que perdí por no tener el coraje profesional de depositar las cartas en el buzón.

Más de 5 años después revisando algunas de las cartas que no tiré, encontré la del señor español que me pedía una bufanda del Southampton para su colección. Estuve a punto de enviarle un gorro del club que aún conservaba, pero después de darle muchas vueltas dije… que le den por culo.

 

Esta historia no está en mi libro “Fútbol B”, disponible en Amazon

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