Mi suicidio futbolístico por complacer a otros

Steve Wigley me ayudó mucho en Southampton ,pero yo no necesitaba tanta ayuda.

Desde los 12 a los 19 años fui un jugador especial, muy especial diría yo. No porque fuera el mejor en algo específicamente. No el más rápido ni el más técnico, quizás sí un especialista rematando de cabeza.  Aprendí a jugar en la calle imitando lo que veía en televisión y después aplicando lo que me enseñaban los entrenadores, pero siempre con esa anarquía que te deja la calle marcada en el ADN. Para mostrar desparpajo y atrevimiento dentro del terreno de juego me fue útil haberme colado en el metro o esquivar a la seguridad secreta del Corte Inglés con tan sólo 11 años. Antes de jugar en el fútbol base del Espanyol estuve en el Sector Sanfeliu y L’Hospistalet. En ambos tenía que colarme varias veces porque no siempre tenía viajes de metro suficientes a pesar de que desde el club me facilitaban el abono. Muchas veces hubiese sido más fácil pedirle a mi madre que nos(mi hermano y yo) dé dinero para la tarjeta de metro pero no queríamos molestarle con esas pequeñeces y nos encargábamos de que pensara que siempre teníamos viajes. Diez viajes nos duraban casi 20 gracias a nuestras artimañas. De no hacerlas hubiésemos arruinado a nuestra madre o no hubiésemos jugado a fútbol. En esa época mi madre acababa de aterrizar en Barcelona con tres hijos, no tenía sentido molestar con caprichos.
Cuando entre en el Espanyol fue todo más sencillo ; ya llevábamos en Barcelona cuatro años y estábamos asentados. La clave de mi buen rendimiento en el Espanyol durante 7 años fue que fui obediente en defensa y libre en ataque.
Al fichar por el Southampton tuve el problema de la adaptación a un nuevo país y un nuevo fútbol. Ellos ya me habían visto jugar antes de ficharme, así que, supuestamente,ya conocían mi estilo.Disciplinado en defensa y anárquico en ataque. Lo que me costó más al principio -por encima de todo- fue comunicarme dentro del terreno de juego con los ingleses,ellos estaban acostumbrados a ponerle mantequilla a todo mientras que yo aceite de oliva. Siempre fui como una radio dentro del verde, era mi manera de estar en el partido. Todo el rato diciendo “bien, vamos y toma”. Lo que se llama un pesado. Pero además jugaba bien. Todo esa metodología de concentración la perdí al llegar a Inglaterra,los veía tan fríos que pensé que sin cerveza no reaccionaban.Tenía compañeros que con una fría delante cambiaban totalmente. Me sentía raro diciendo ‘Come on ‘ de buenas a primera. Entonces opté por ser como ellos. Grave error. Fui más disciplinado en ataque y traté de aprender  a colgar balones desde la línea de tres cuartos de campo sin tener que desbordar al lateral, que era mi especialidad. Eso me pedía el entrenador, Steve Wigley, también me excluyo de las jugadas estratégicas para rematar de cabeza cuando ese era uno de mis fuertes, llegar desde atrás y anticiparme en el remate.El hombre trataba de ayudarme pero no tuve la fluidez necesaria para discutir estos asuntos. Años más tarde algo me dice que me dejé moldear por alguien que no me conocía bien y quiso convertirme en unos más cuando fui fichado por ser diferente.
Dejé de ser un emprendedor para ocupar un puesto de funcionario en el terreno de juego. Esto me marcó durante el resto de mi carrera porque para siempre perdí ese desparpajo que tienen los chicos de calle haciendo de mi juego algo más académico.
Cuando se tiene una habilidad que nos hace únicos, es preferible no abandonarla por satisfacer a terceras personas. Tratar de encajar en los equipos me supuso un suicidio.

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